Principio de daño

El principio de daño a menudo se explica como «su derecho a lanzar un puño termina donde comienza mi nariz». En otras palabras, las personas deben ser libres de actuar como deseen siempre que sus acciones no causen daño a otros.

El principio de daño es fundamental para la filosofía política del liberalismo, que valora los derechos individuales y la libertad personal. Según el filósofo John Stuart Mill, “el único propósito por el cual se puede ejercer legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, en contra de su voluntad, es para prevenir daño a otros”.

Por ejemplo, un gobierno no puede obligar a sus ciudadanos a utilizar un tratamiento contra el cáncer que podría salvarles la vida porque nadie más se ve perjudicado por la decisión de una persona de rechazar este tratamiento. Pero un gobierno puede exigir legítimamente que sus ciudadanos sean vacunados en una pandemia para evitar la propagación de un virus mortal a otros.

Según Mill, la desaprobación o el disgusto social de una acción, como sentirse ofendido por lo que alguien dice o viste, no es suficiente para invocar el principio de daño y limitar las libertades personales. Los críticos responden que el principio del daño es demasiado vago o amplio para ser útil y no define adecuadamente lo que constituye el daño. Además, a diferencia de los marcos filosóficos como la deontología o la ética del cuidado, los críticos señalan que este principio nunca tuvo la intención de ser una guía para el comportamiento humano.

A pesar de estas críticas, el principio de daño ha jugado un papel importante en muchos debates, como si el gobierno puede o no castigar la homosexualidad, palabras racistas, no usar el cinturón de seguridad y otros temas similares.